Dos veteranos artistas comparten la última etapa de sus vidas en un asilo, donde repasan sus experiencias, sus logros, sus fracasos y sus sueños. Pero más que el final para la ex bailarina de cabaret y el director de teatro serio, “El sueño y la vigilia” desafía a pensar siempre en un nuevo comienzo. La obra de Juan Carlos Gené, uno de los mayores dramaturgos argentinos, se verá esta noche, desde las 22, en el Centro Cultural Virla (25 de Mayo 265), con dirección de Diego Parra y Fito Gauna, y actuaciones de Luis Caram y de Nena Córdoba, integrantes del grupo salteño NN.

“Me gustó muchísimo el desafío de interpretar a un actor clásico de 70 años, y coincide con un momento en mi vida en que estoy pensando en la vejez y en la trascendencia como algo no tan lejano”, revela Caram a LA GACETA.

- ¿El artista siempre está a mitad de camino entre la cabaretera y el director sobrio?

- Son los extremos de una misma tela. El juego de cazador cazado que plantea Gené es muy inteligente, porque no se trata de una casquivana, sino de una mujer que abraza una profesión frívola pero con un background para nada superficial. Es una amante obsecuente y profunda de William Shakespeare. Él es un intérprete clásico que se transforma en un aprendiz de la filosofía y de la cosmovisión que ella sostiene.

- ¿Es una suerte de homenaje al teatro?

- Sí, la obra la escribió Gené como un tributo a su esposa, la bailarina Verónica Oddó, con quien la interpretaba. Es una suerte de texto autorreferencial, con mucho de su historia personal, y fue muy difícil conseguir los derechos.

- ¿Cuánto de fantasma propio estás exorcizando en este texto?

- Todos los propios y los prestados. Tanto Nena como yo nos enfrentamos en cada función a todo eso que uno piensa y cree que cree, pero desacralizando y desmitificando los miedos y los dogmas. Ambos pensamos que después de esta obra vamos a retirarnos, que será nuestro último trabajo como actores.

- ¿El amor desafía a la muerte?

- Sí, el amor mutuo de esos personajes en el ocaso de la vida desafía a la muerte, y quedan abiertas algunas ventanas que proponen inmortalidad. Siempre es bueno acercarse al amor, sobre todo en una época donde pareciera que todo pasa por otro lado. Esta es una obra con tiempo, con nostalgias, con sueños y con proyectos; no es un drama terminal, sino que abre puertas a la esperanza, a la continuidad y a la vida, dentro de una estética del realismo. Pero no es para nada un teatro solemne, está tomado con mucho humor y tiene situaciones de comedia que arrancan la carcajada en el público. En lo personal, actuar en Tucumán me alegra y es también un examen.